
ENFOQUE: Megaproyectos ferroviarios en el sureste. Violaciones a derechos, impactos socioambientales y militarización en nombre del desarrollo
27/02/2026
Actividades de SIPAZ (De mediados de noviembre de 2025 a mediados de febrero de 2026)
27/02/2026
E n el marco de nuestro 30º aniversario, hemos decidido sentarnos con personas que han conocido a SIPAZ a lo largo del camino. Una de ellas es Jorge Santiago Santiago, un reconocido defensor de derechos humanos, teólogo y acompañante pastoral en Chiapas. Su vida ha estado profundamente vinculada a los procesos sociales, eclesiales e indígenas que marcaron la historia contemporánea de la región, especialmente a partir del levantamiento zapatista de 1994. Su encarcelamiento en 1995, acusado de ser dirigente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), duró poco más de dos meses en una prisión de alta seguridad y tuvo un fuerte carácter político. Diversas organizaciones nacionales e internacionales manifestaron su solidaridad, lo que contribuyó a su liberación. Este episodio marcó profundamente su trayectoria, reafirmando su compromiso con la construcción de paz y la defensa de los derechos humanos. Actualmente, continúa apoyando distintos procesos y organizaciones en Chiapas. Su vida es testimonio de coherencia, resiliencia y esperanza en uno de los contextos más complejos de México.
SIPAZ: Nacimiento en tiempos de guerra
Desde una mirada tejida en años de compromiso, Jorge Santiago recuerda que SIPAZ nació en un contexto muy específico: en 1995, Chiapas era un territorio atravesado por el miedo; retenes militares en los caminos, comunidades vigiladas, presencia constante del Ejército, infiltraciones, paramilitarismo y masacres como la de Acteal, en 1997, marcaron una época en la que la palabra “paz” no era un ideal abstracto, sino una urgencia vital. En medio de ese contexto, nació el Servicio Internacional para la Paz (SIPAZ). Su nombre no fue casual: era una toma de posición frente a la violencia, una decisión de estar presentes como sociedad civil organizada allí donde la vida estaba amenazada.
SIPAZ nació en ese contexto, recuerda Jorge: como parte de una red más amplia de organizaciones nacionales e internacionales que entendieron que la presencia civil podía ser un factor de contención frente a la violencia. Inspirado por el trabajo pastoral y la mediación impulsada por figuras como Samuel Ruiz García, obispo de San Cristóbal de Las Casas y mediador en el diálogo, SIPAZ asumió una tarea clara: acompañar, observar, documentar y hacer visible lo que ocurría en las comunidades.
Treinta años después, SIPAZ no solo ha sido testigo de la historia contemporánea de Chiapas, subraya Jorge Santiago, “ha sido parte activa de su transformación. Su presencia constante, discreta pero firme, ha contribuido a abrir espacios de diálogo, a documentar violaciones a derechos humanos, a acompañar procesos comunitarios y a sostener la esperanza cuando parecía que todo se desmoronaba”.
La fuerza de la presencia pública
Desde sus inicios, SIPAZ optó por una estrategia particular, recuerda Jorge: la visibilidad. En los años noventa, la presencia de observadores internacionales funcionaba como una suerte de “escudo”. Portar un chaleco, identificarse públicamente, emitir boletines y sostener relaciones con embajadas podía disuadir agresiones.
La lógica era sencilla: si el mundo estaba mirando, el costo político de la represión aumentaba. Durante los diálogos en San Andrés, la sociedad civil organizada rodeó la catedral y los espacios de negociación. Había periodistas, cámaras, representantes internacionales. La paz no era solo un asunto entre el Estado y el EZLN: era una causa colectiva.
SIPAZ entendió que su voz pública era parte de su responsabilidad, afirma también Jorge: “Cada boletín, cada informe, cada visita a embajadas contribuía a mantener a Chiapas en la agenda internacional. En tiempos en que la información era fragmentaria y a menudo manipulada, sistematizar datos y ofrecer análisis rigurosos se convirtió en una de sus mayores fortalezas”, dijo Jorge.
Hoy, quienes revisan los treinta años de archivos de SIPAZ pueden reconstruir buena parte de la historia política y social de Chiapas desde 1995 hasta la actualidad, en español, inglés, francés y alemán.
Documentar para no olvidar; interpretar para actuar
“Una de las contribuciones más significativas de SIPAZ ha sido su capacidad de documentación y análisis. No se limita a denunciar hechos aislados; busca comprender procesos, identificar patrones, situar lo local en un marco global”, señaló Jorge.
Esta mirada estratégica ha sido parte de su “marca”: no conformarse con la superficie, sino preguntarse siempre por las causas estructurales de la violencia. “En un mundo saturado de información, la capacidad de discernir, contextualizar y ofrecer una lectura profunda es, en sí misma, un acto de construcción de paz”, afirmó. “En un mundo interconectado, la paz también debe pensarse en clave global”, añadió.
Acompañar sin protagonismo
SIPAZ ha cultivado un estilo particular, recalca Jorge también: acompañar sin apropiarse de los procesos. Ha estado cerca de espacios como el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, ha colaborado con instancias eclesiales, ha participado en plataformas por la paz y ha respaldado iniciativas comunitarias, pero rara vez busca el protagonismo.
En lugar de imponer agendas, escucha. En lugar de hablar por otros, amplifica voces. Acompaña procesos educativos, encuentros de análisis, reflexiones colectivas. Apoya la formación, la sistematización, la articulación entre actores. “Este enfoque ha permitido que SIPAZ sea percibido no como un actor externo que llega a dirigir, sino como un aliado confiable”, concluyó Jorge.
Una organización con rostro femenino
En los últimos años, SIPAZ ha vivido una transformación significativa: su equipo se ha integrado mayoritariamente por mujeres. Lejos de ser una anécdota, esta composición ha marcado un estilo de trabajo caracterizado por la colaboración, la sensibilidad intercultural y la apertura espiritual.
En un estado donde las mujeres indígenas han liderado procesos comunitarios y resistencias silenciosas, la presencia femenina en SIPAZ ha reforzado una ética del cuidado: el cuidado de la palabra, de los procesos y de las relaciones.
La paz no se construye solo en mesas de negociación; también se teje en encuentros, ceremonias, espacios de escucha y diálogo interreligioso. SIPAZ ha sabido abrir esos espacios en los que caben católicos, evangélicos, personas sin afiliación religiosa, pero con una búsqueda común: la vida digna.
Memoria y futuro: entre desafíos y esperanza
Si en los años noventa la violencia estaba claramente asociada a un conflicto entre el Estado y el EZLN, hoy el panorama es más complejo. El crimen organizado, las disputas territoriales, la migración forzada y las economías ilícitas han transformado el escenario. Ante este escenario, SIPAZ ha tenido que repensar su forma de acompañar. Más que actuar como un escudo visible, ha optado por fortalecer redes, profundizar análisis y generar espacios de articulación.
El desafío de SIPAZ hacia el futuro es “no perder lo ganado: esa capacidad de análisis profundo, esa visión estratégica, esa fidelidad a los pueblos que luchan por alternativas sistémicas frente a la violencia y el despojo”, reflexiona Jorge.
Pero también “está llamado a dar un paso más”, añade: a proponer con claridad su propia visión de paz, a generar espacios propios donde esa propuesta se haga visible, a convertir su experiencia acumulada en referentes que iluminen debates nacionales e internacionales. “La esperanza que SIPAZ ha contribuido a sostener no es optimismo vacío. Es la convicción, construida día a día, de que otra realidad es posible”, concluye.







