Actividades de SIPAZ (Octubre – Diciembre de 1997)
30/01/1998
ANALISIS: Chiapas, La guerra de fondo
31/08/1998

ENFOQUE I: Días desesperados – Los Desplazados Internos de Chiapas de la zona Norte a Los Altos

En 1995, desde la aparición de grupos paramilitares como Paz y Justicia y Los Chinchulines en la zona Norte, miles de indígenas ch’oles abandonaron sus casas por causa de la violencia y de las amenazas de muerte. A fines de 1997, había más de 4 mil 200 desplazados en esa zona.

Durante el año pasado, nuevos grupos paramilitares empezaron a aparecer en otras regiones como Los Altos, generando un aumento significativo de las personas desplazadas. Entre mayo y diciembre, aproximadamente 6 mil tsotsiles y tseltales huyeron de sus comunidades en el municipio de Chenalhó, en Los Altos. Después de la masacre de Acteal el 22 de diciembre pasado, 4 mil personas más abandonaron sus casas al ser amenazadas por grupos paramilitares. Se estima que actualmente los desplazados internos de Chiapas serían más de 14 mil.

En la zona Norte, la mayoría de los desplazados se ubica en los municipios de Tila y Sabanilla. En la región de Los Altos se cuentan 14 comunidades desplazadas alrededor de Polhó, sede del municipio autónomo zapatista, municipio de Chenalhó. El campamento de refugiados más grande se encuentra en Polhó mismo. También se encuentran otros campamentos en Acteal y X’oyep, y tres lugares más en San Cristóbal de Las Casas.

La mayoría de los desplazados en Los Altos pertenecen a la Sociedad Civil Las Abejas o son simpatizantes del EZLN, mientras en la zona Norte muchos son miembros o simpatizantes del PRD. Según cuentan los mismos desplazados, con frecuencia el fenómeno se origina cuando los militantes del PRI exigen la adhesión por la fuerza a miembros de otros partidos y organizaciones y les imponen cooperaciones que van desde 30 a 300 pesos semanales, dinero que se utiliza para comprar armas. El ultimátum es terminante : “cooperar, huir o morir.”

Hay que señalar que no todos los desplazados pertenecen a la misma parte en el conflicto. Según algunas fuentes, recientemente unas familias ch’oles que pertenecen al grupo paramilitar Paz y Justicia fueron expulsadas del municipio de Tila y centenares de priístas fueron desplazados en Ocosingo, Chilón, Altamirano y Chenalhó por zapatistas y simpatizantes zapatistas. No obstante, y aunque no existen cifras oficiales, un simple conocimiento o recorrido por esas zonas pone en evidencia que el número de desplazados simpatizantes del partido oficial es sensiblemente menor.

Una vida de tristeza

Un factor común que une a todos los desplazados es el sufrimiento. Cuando huyen de sus comunidades, dejan todas sus pertenencias. Y cuando llegan a sus refugios, encuentran una existencia sin esperanza: las enfermedades comunes se agudizan; el abrigo, el techo y la comida son precarios e insuficientes; los desplazados no tienen actividades económicas productivas; a menudo no hay agua; y pocas veces hay escuelas.

Un ejemplo grave de lo que significa ser desplazado es X’oyep, un campamento de más o menos mil personas integrantes de la Sociedad Civil Las Abejas. Llegaron a X’oyep a pie, la mayoría caminando toda la noche en el lodo y la lluvia. incluso un bebe nació en el camino. Una mujer dijo, “Siempre hay tristeza [aquí]. Queremos regresar a nuestras casas”.

Cada una de las 32 familias originarias de X’oyep ha recibida algunos desplazados, aunque no hay espacio suficiente en las pocas casas. Las mujeres, con sus dos molinos y pocos “comales” (recipiente para preparar comida), tienen que echar tortillas día y noche para que haya para todos.

El hacinamiento y la falta de agua, sumados al frio del invierno en Los Altos, provocan enfermedades. Aproximadamente un 80% de los niños y un 60% de los adultos padecen fiebre. Gripe, enfermedades respiratorias, disentería, diarrea, gastroenteritis y tifus se multiplican, y hay alto riesgo de cólera. A diario los cuatro promotores de salud prestan atención a los cientos de enfermos, pero sin medicina suficiente es un trabajo en vano. En tan sólo dos semanas, hubo seis fallecimientos por enfermedades curables.

Para agravar la situación, la violencia en el municipio de Chenalhó hizo perder el 90% de la cosecha de café. Con lágrimas que reflejaban su tristeza, María, una desplazada de Quextic refugiada en San Cristobal, nos comentó: “Mi cafetal se quedó … muy bonita la fruta.”

A fines de enero, 115 desplazados de la comunidad de Canolal, pertenecientes a Las Abejas, llegaron a las afueras de San Cristóbal para sumarse al campamento donde ya estaban más de cien desplazados de Quextic. Ahora 239 personas conviven en unos dormitorios, compartiendo un solo comedor. No tienen dinero, ni trabajo, ni esperanza. Algunas de sus casas fueron quemadas por los agresores, y sus animales, cosechas y bienes domésticos robados. No están acostumbrados al frío de San Cristóbal, y las enfermedades proliferan. María, que perdió a su hija en la masacre de Acteal y ahora cuida a sus tres nietos huérfanos, reflexiona: “Parece que no somos cristianos. Parece que somos animales.”

El embrollo de la ayuda humanitaria

La mayoría de los refugiados no acepta ayuda del gobierno federal por falta de confianza en él. Por ejemplo, los representantes de X’oyep reclamaron que los materiales para letrinas entregados por el gobierno estaban rotos y en estado deplorable. Además, una mujer nos mostró dulces con hongos y gusanos que el gobierno había enviado para los niños.

Por el mismo temor, las comunidades rechazan la ayuda que viene del Ejército mexicano. El 2 de enero, militares llegaron a X’oyep para ofrecer alimentos pero la comunidad se negó a aceptarlos. Al día siguiente, los militares regresaron con refuerzos y esta vez trataron de entrar en la comunidad, pero la gente se movilizó organizadamente para impedirles el paso. Según su testimonio, los soldados levantaron los vestidos de cinco mujeres, golpearon a algunos hombres y pisaron los pies de la gente descalza. En eso momento llegó un helicóptero; por las máscaras que portaban los soldados parecía que iban a lanzar gas lacrimógeno. A pesar del peligro, la comunidad desarmada, con las mujeres y los niños al frente, no permitió que el helicóptero aterrizara ni que pasaran los soldados.

Los militares no fueron muy lejos. En el camino a X’oyep un grupo de aproximadamente quince soldados con brazalete “Labor Social” ha ensanchado el camino durante unas semanas. un kilómetro antes de llegar a X’oyep, se encuentra un puesto militar donde se ofrece comida preparada y atención medica. Recibe un promedio de cuatro visitas diarias y a veces nadie viene. Una mujer de X’oyep nos apuntó que la única cosa para la que sirve el Ejército allá es para intimidar a la gente. “Tuvimos miedo por las armas … y no queremos vivir con el Ejército. Sería mejor que se salieran de aquí. No queremos que se quede aquí para vivir porque no vinieron a resolver el problema.”

En Chiapas existe una historia larga de cooptación y clientelismo por la cual el gobierno federal da asistencia puntual en ciertas coyunturas, pidiendo a cambio el apoyo incondicional de la gente. Varios grupos desplazados, por ejemplo Las Abejas, se niegan a recibir esa ayuda oficial porque dicen que si la aceptaran el gobierno les exigiría callarse y no hacer más denuncias. Además, varias personas nos comentaron que si aceptan dicha ayuda, el mismo gobierno va a utilizar eso como propaganda. Por otro lado, llega ayuda humanitaria a los desplazados desde fuentes no gubernamentales — de las iglesias, de las ONG mexicanas y de algunas organizaciones internacionales — y de la Cruz Roja Mexicana. El problema es que esa ayuda humanitaria a veces es inadecuada o impropia. Según las autoridades del municipio autónomo de Polhó, por ejemplo, los desplazados recibieron en enero medicinas de la Cruz Roja Mexicana que tenían fecha de caducidad ya vencida o a punto de vencer, y por eso comentaron: “Si no pudieron matarnos con bala, ahora quieren matar a nuestras mujeres y niños con medicinas inservibles y peligrosas.”

Amenazas incesantes

Los desplazados refugiados en San Cristóbal dicen que siguen siendo amenazados por los paramilitares priístas, que se acercan al campamento para intimidarlos con frases como: “Vamos a acabar de una vez con la Sociedad Civil [Las Abejas].” Repetidamente los desplazados han expresado su temor por haber visto en las calles a las mismas personas que los estaban amenazando en su comunidad de origen: “Allí andan contentos, andan tranquilos [los agresores].”

Ultimamente, la situación sigue complicándose. Cabe tener en cuenta que los desplazados a veces tienen miembros de su propia familia que profieren amenazas. Vicente, de Quextic, tiene un cuñado priísta que “anda armado con su cuerno de chivo [AK-47]” y que participó en la masacre de Acteal, en la que murió María, una prima de Vicente que estaba embarazada.

Perspectivas inciertas

En Sabanilla, los desplazados han realizado una serie de encuentros de negociación con el Secretario de Gobierno del estado. Como consecuencia, en febrero algunos desplazados de la zona Norte regresaron a sus lugares de origen. No obstante, muchos más siguen esperando el castigo de los culpables y un ambiente más seguro para regresar. Piden, por ejemplo, que los paramilitares sean desarmados.

Mientras tanto, las consecuencias físicas y mentales son cada vez más preocupantes. Los desplazados expresan sentimientos profundos de dolor y sufrimiento. “Yo no sé donde voy a morir,” fueron las palabras de incertidumbre de un joven. Y a pesar de eso, este pueblo sigue de pie, resistiendo, defendiendo la vida y enseñándonos lo que es la dignidad.