Actividades de SIPAZ (Febrero – abril de 1999)
31/05/1999
Sumario: Acciones recomendadas
30/11/1999

ENFOQUE: El regreso de corazón, Justicia y reconciliación en la tradición indígena

El regreso de corazón

Justicia y reconciliación en la tradición indígena

“[El Estado] promoverá que el derecho positivo mexicano reconozca las autoridades, normas y procedimientos de resolución de conflictos internos a los pueblos y comunidades indígenas para aplicar la justicia sobre la base de sus sistemas normativos internos, y que mediante procedimientos simples, sus juicios y decisiones sean convalidados por las autoridades jurisdiccionales del Estado”
(extracto de los “Compromisos del gobierno federal con los pueblos indígenas”, parte de los Acuerdos de San Andrés firmados en febrero de 1996 con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional).

 

Mucho se ha escrito sobre Chiapas desde el levantamiento armado de enero de 1994. No obstante, poco se sabe de lo cotidiano en las comunidades indígenas, de su manera de enfrentar los ‘problemas‘ (palabra con la que identifican los conflictos, manteniéndola en español al hablar en su propio idioma). En los medios de comunicación y en mucho de lo que se ha publicado sobre el tema, ni siquiera se plantea la pregunta: se da por supuesto que las soluciones a los conflictos que han brotado en toda la región tienen que venir necesariamente de afuera. Pero si se toma más tiempo y se pone más atención, se llega a entender que habría mucho que aprender de aquellos a quienes algunos consideran ignorantes…

Autoridades al servicio del pueblo

En el manejo de las contradicciones que se dan en las comunidades indígenas de Chiapas, la jerarquía política y religiosa juegan un papel clave. De hecho, como lo subraya Antonio Paoli, sociólogo que ha trabajado durante muchos años en Chiapas, es interesante recalcar que en tzeltal (uno de los principales idiomas indígenas del estado), la palabra ‘autoridad‘ significa ‘el que tiene un trabajo‘. El sentido es por lo tanto diferente al de la cultura occidental: ellos conciben la autoridad como un servicio a la comunidad. Incluso nadie les paga para darlo, más bien ellos tienen que ‘pagar‘ con su trabajo.

Paoli agrega: “Incluso antes que nadie las autoridades deben estar trabajando en las tareas más pequeñas, de tal manera que hagan ‘pequeño su corazón’. El que ‘se cree’, el que presume, no tiene verdad en su corazón. Sólo el que se cree pequeño, tiene verdad en su corazón. Este es un principio, un valor fundamental para los indígenas: la humildad.”

Aunque no se da así en todas las comunidades, otro elemento que puede resultar sorprendente para nosotros es que para nombrar a los ‘cargos’ (autoridades) no eligen obligatoriamente a los más competentes o a los que se destacan por su capacidad de liderazgo. A veces, son más bien personas marginales que parecen apartarse de la ‘costumbre‘. Asumir un ‘cargo‘ es, según ellos, una buena forma de aprendizaje y socialización para que dichas personas lleguen a ser bats’il winik (‘hombres verdaderos’, concepto que existe en los principales idiomas indígenas de Chiapas).

Las autoridades no tienen tanto tiempo para trabajar sus ‘milpas‘ (los terrenos donde cultivan maíz y frijol) y algunos deben encargarse de los gastos de las fiestas de la comunidad. De aquí que, para cumplir con los deberes del cargo, es indispensable respaldarse económicamente en los familiares, lo cual fortalece las relaciones. La cohesión familiar es vital para evitar los conflictos o para enfrentarlos cuando se dan.

La dimensión comunitaria está omnipresente: en tzeltal, la idea misma de ‘pecado‘ significa ‘romper un pacto social‘. Por ejemplo, no es pecado tomar alcohol, pero sí lo es generar problema en la comunidad al andar ‘bolo‘ (borracho).

Se privilegia el diálogo y la mayoría de las decisiones se toman por consenso. Lo que importa es que todos hablen y digan con sus palabras, lo que piensan. Eso puede resultar sorprendente para el kaxlan (persona no indígena) que asista por primera vez a una asamblea comunitaria: cada indígena puede estar hablando de 15 a 20 minutos, e incluso varias personas al mismo tiempo. El que se calla es porque no está de acuerdo y hay que presionarlo a expresar su desacuerdo, pero nunca de manera directa. Se nota incluso esa tendencia en los talleres que damos como SIPAZ o en los cuales participamos en las comunidades, cuando varias personas llegan a repetir más o menos lo mismo. El punto para ellos es asegurarse que la idea es compartida por todos.

Mediación y resolución de conflictos

Un promotor de derechos humanos en la región de Agua Azul explicó a Paoli el proceso al servir de mediador: “Ya sentados, les pido que ya no hablen más con este tono de voz (gritándose). Casi siempre empiezan a ser más razonables. Con el tono de voz, con los decibeles, calibras la ira un poco.”.

Un líder de una de las principales organizaciones sociales en la zona de Las Cañadas dice: “En el momento en que tenemos un pleito, ¿qué hacemos? […] Tenemos que ver las causas. Si el problema es muy grave de tratar, y si se sigue deterriorando, tenemos que buscar a otro compañero que sepa bajar el tono a la disputa.”

En tzeltal, la palabra para ‘mediador‘ significa ‘estar en medio’. El testimonio del mismo líder nos da cuenta de una profunda experiencia y reflexión sobre el tema de la ‘imparcialidad‘: “Tienes que ver a la gran persona, al hombre bueno, al buen ser en las dos partes. Si te duele tu corazón, no puedes ser el mediador. […] Si te duele como parte de la comunidad, es otra cosa. Pero si te duele por uno de ellos, no. Por eso no se puede buscar al papá o al hermano, siempre el mediador tiene que ser de una familia distinta de las dos partes. Por eso se necesitan muchos cargos para elegir quien es la persona más indicada. O sea, no hay mediador ‘oficial’. Entre todos los cargos hay que buscar el mediador.”

La última parte de su testimonio hace hincapié en algunos valores básicos para la mediación: “Algo muy importante es ‘tolerar, tolerar, tolerar’. Porque te van a querer agredir, te van a querer jalar para su lado, te van a querer doblar para que seas del uno o del otro grupo.”

El ‘regreso del corazón’: Integración de cambios y reconciliación

En un taller del Colectivo Educación para la Paz (CEPAZ), cerca de Altamirano, los participantes definieron la reconciliación en estos términos: “llegar a un acuerdo en un problema para solucionarlo”, “vivir en paz, no provocando problema”, “pedir perdón, disculpa con el que se tiene pleito antes de ir a la comunidad”.

La idea de perdón requiere de mayor explicación cuando su entendimiento es muy distinto al occidental. En tzeltal, se habla de ‘regreso del corazón’: el agresor pide a su víctima que le ‘regrese su corazón’, lo cual deja ver una concepción muy profunda de la reconciliación como reconstrucción de las relaciones. Cabe destacar que este acto se realiza en un ámbito comunitario.

No obstante, el perdón no es olvido. Un ejemplo de eso es el caso de las Abejas (las 45 víctimas de la masacre de Acteal en diciembre de 1997 pertenecían a este grupo): poco después de la matanza, perdonaron públicamente a los asesinos, pero eso no les impide pedir que se haga justicia.

Justicia indígena: reparación más que castigo

Una característica de los procesos de resistencia indígena ha sido su capacidad de fluctuación entre costumbre y modernidad, exclusión e integración. En cambio, la concepción del sistema judicial occidental está diseñada de una manera bastante rígida: los procedimientos buscan establecer si el acusado es culpable y las posibles sentencias, ya que se encuentran listadas en el código penal. Pero para los indígenas, la idea clave de la justicia es llegar a un acuerdo. Por lo general, no se ‘aplica el derecho’ por encima de la voluntad o del deseo de las personas. Una solución satisfactoria tiene que evitar futuros conflictos: en efecto, si una de las personas involucradas no se encuentra satisfecha por el acuerdo, lo más seguro es que habrá represalias y una espiral sin fin de venganzas en lugar de una reconciliación.

En un taller en Chilón facilitado por CEDIAC – Centro de Derechos Indígenas (ver recuadro), el grupo de jueces tradicionales realizó un sociodrama sobre un problema bastante común de las comunidades: una pelea entre un borracho y el hermano de una muchacha que intentaba seducir. Ellos notaron: “el Ministerio Público no busca la raíz de los problemas. En el sociodrama, el problema no es por la mujer sino en primer lugar por la persona que vende alcohol en la comunidad. El Ministerio Público no preguntó quién empezó el problema y vio nada más sus consecuencias. Así no se puede llegar a un buen acuerdo”.

En cuanto a la idea de castigo, de un mismo modo, no existe una perspectiva individualista sino más bien global e integral. En el mismo taller sobre Reconciliación al cual fuimos invitados por CEPAZ, un indígena promotor de derechos humanos en el municipio de Altamirano, decía del sistema judicial mexicano: “No es una buena justicia. Cuando se mata a alguien, el gobierno se lleva a la persona a la cárcel. No se reconoce el derecho de la familia. Pero todos están sufriendo: el que fue matado y el que mató, las familias de ambos. Hay que tomar medidas para los familiares, buscar acuerdos para que el pueblo no se desbarate”. Otro promotor en otra zona agregaba: “Hacer justicia es buscar la forma de quedarnos como hermanos y dejar de pensarnos como enemigos”.

Más que un castigo, importa ‘reparar‘ el daño hecho. Para retomar el ejemplo de un asesinato, la idea de reparación significaría que el victimario debe hacerse responsable por la subsistencia de la familia de la víctima durante toda su vida. Cabe mencionar que para dichos casos actualmente prevalece el sistema judicial federal.

Ruptura de la unidad, crisis de la autoridad

A pesar de su riqueza, en el contexto actual, los métodos tradicionales de resolución de conflictos indígenas parecen insuficientes para responder al nuevo orden social en Chiapas. En situaciones donde ya estalló la violencia, resulta difícil hallar caminos de reconciliación; y los conflictos secundarios, incluso los que pueden parecer menores, también se encuentran exacerbados por la polarización que generó el conflicto ‘macro‘ entre el EZLN y el gobierno federal. Divisiones, alta tensión entre los distintos grupos (cualquiera que sea su naturaleza, política, económica o religiosa), incidentes violentos, deterioro del tejido social, etc.: otras tantas palabras que hemos podido leer o escuchar con referencia a la situación que prevalece en Chiapas desde el 1994…

El testimonio desgarrador de un desplazado de las Abejas de 60 años que vive en un campamento cerca de Chenalhó, sintetiza de manera mucho más vívida lo que queremos evocar aquí: “Mi hijo es uno de ellos. De los paramilitares. Tiene 28 años. No sé que está en su corazón. Dos veces llegó para matarnos. Me dijo: ‘Papá, nosotros somos priístas. No queremos a los zapatistas ni a los civiles. Sólo vienen para causar problemas’. Y yo le dije: ‘Pero hijo, los civiles [las Abejas] no hacen nada. Ni roban ni causan problemas’. Pero no quiso escuchar. Una noche llegó y me dijo: ‘Papá, quemé mi mano, está caliente mi mano. Pero todavía falta por matar. Quiero matar más’. Sí, participó en la masacre de Acteal. No lo tomaron preso. No sé dónde está. Ahí está, está libre. Así es. No sé que está en su corazón. No sé.”

Los métodos tradicionales se ven también insuficientes en este marco de divisiones agudas, ya que no todos reconocen a las mismas autoridades para presentar sus denuncias. Dichas autoridades pierden fuerza cuando pertenecen o son identificados con uno u otro grupo político; no tienen el mismo poder de convocatoria para que comparezcan las partes siendo que un encuentro es el primer paso en cualquier proceso de resolución de conflictos.

Por ejemplo, en las zonas donde los zapatistas han establecido ‘municipios autónomos’ existen dos sistemas paralelos de justicia: el del estado -identificado como priísta- y el elegido por las autoridades autónomas -identificado como zapatista. Por otro lado, el sistema oficial suele ser más costoso, a veces corrupto o difícil de entender para los indígenas. Ante él, los indígenas se ven más indefensos por su mal manejo del español y el poco conocimiento de sus derechos. Muchos tienen miedo frente a un sistema que se percibe y ha sido arbitrario y poco eficiente. No obstante, y aunque existen excepciones, por juegos de intereses políticos y/o por desconfianza ideológica, es muy poco probable que un priísta acuda a la autoridad correspondiente en un municipio autónomo.

En otras zonas, la dificultad de integrar las diferencias ha llevado a las comunidades a “cerrarse” más, defendiendo hasta violentamente sus costumbres así como a desarrollar actitudes de corrupción y prepotencia (se habla de caciquismos).

Mientras tanto, muchas de las medidas implementadas desde el gobierno del estado o a nivel federal sobre derechos y cultura indígena son más bien unilaterales, no rescatan la palabra o lo que los mismos indígenas verían como verdaderas soluciones a sus problemas. La efectiva implementación de los Acuerdos de San Andrés, fruto de las negociaciones entre el EZLN y el gobierno federal en 1996 permitiría tomar más en cuenta las formas de resolución propias de los pueblos indígenas aunque los mecanismos comunitarios tampoco son suficientes para responder a la problemática actual.

iertamente, cuando existía mayor homogeneidad y unidad en las comunidades, resultaba más fácil llegar a un consenso. Pero es importante no idealizar este tipo de funcionamiento que muchas veces ha podido significar la exclusión de cualquier voz ‘disidente‘ y la expulsión de muchos. Por eso, consideramos importante destacar y rescatar lo mejor de ambos mundos, aprendiendo a desarrollar una profunda tolerancia a las diferencias.

El cargo del Melsanwanej

El trabajo que desempeña el Melsanwanej recoge las experiencias ancestrales y las prácticas de los antepasados mayas en las formas de hacer justicia mediante sus propias tradiciones. Fue en 1995, cuando se empezó a formalizar el cargo de Melsanwanej (Juez Tzeltal o ‘Arreglador‘) partiendo de una iniciativa de las comunidades con el apoyo del CEDIAC, de la Misión Jesuita y del presidente municipal de Chilón (en aquel momento, del PRD). Desde entonces, se empezó a capacitar formalmente a hombres y mujeres de las comunidades tzeltales para asumir el cargo de Jueces Tzeltales. El trabajo de los Melsanwanej cubre centenares de comunidades en unos cinco municipios de Chiapas. Los Melsanwanej son elegidos para servir su comunidad, trabajando conjuntamente con los Principales específicamente para buscar una solución justa a los problemas que se presenten en las comunidades, explorando los caminos posibles para volver a encontrar la armonía perdida. Los Principales son autoridades morales elegidas por la comunidad que velan por la tradición heredada de los antepasados. Cuando hacen su juramento, los Melsanwanej reciben el bastón de mando y se hincan sobre un petate. El petate significa que la autoridad toma cargo para mantener entrelazadas las hojas con que está hecho el petate, es decir, para mantener la unidad y la armonía con justicia y verdad dentro de la comunidad. Los Melsanwanej son también apoyados en sus trabajos por los Coltaywanej, es decir, por los promotores de derechos humanos quienes velan y educan en sus comunidades sobre los derechos individuales y colectivos y denuncian las violaciones a los mismos.

Un brote de esperanza

A finales de mayo de 1999, SIPAZ fue invitado a participar en la celebración del primer aniversario del regreso de desplazados en una comunidad de Los Altos de Chiapas. Este regreso se dio después de un largo proceso de negociación y mediación, realizado en gran parte con el apoyo del Centro de Derechos Indígenas, CEDIAC.

La historia del conflicto

En 1997, la comunidad aceptó un proyecto del gobierno para la construcción de un camino desde la carretera principal. Las familias que no estaban con el partido oficial se opusieron a esta decisión porque temían que esto facilitara la entrada del Ejército. Decidieron no cooperar para realizar dicha construcción, lo cual fue percibido como violación a un acuerdo comunitario. Por eso, algunas personas de afiliación priísta decidieron tomar medidas drásticas, quemando algunas casas del otro grupo. En consecuencia, varias familias huyeron de la comunidad y se refugiaron en la montaña. Los agresores vendieron animales y pertenencias de las familias que huyeron al parecer para comprar armas de alto poder. Unos meses después, regresaron algunos desplazados, asesinando a cuatro personas priístas. También hubo varios heridos. Después de esta tragedia, más familias huyeron por miedo a más violencia.

Iniciativa de reconciliación

Con la salida de las familias, la comunidad se quedó muy triste. El dirigente de la comunidad tomó la iniciativa de pedir ayuda a la diócesis. Así fue como una Misión de los Jesuitas y CEDIAC empezaron un proceso de reconciliación con la ayuda de un equipo de mediación que incluye a dos parejas de Jueces Tzeltales (Melsanwanej) y una pareja de Principales (autoridades tradicionales de los pueblos indígenas). También se involucraron a otras dependencias en este proceso de reconciliación.

Uno de los papeles de los Melsanwanej y de los Principales es “fortalecer el corazón” de cada persona (tanto el de las mujeres como el de los hombres), dando palabras de aliento. A diferencia de los jueces “occidentales“, ellos buscan lograr un acuerdo entre las partes involucradas en lugar de solamente castigar a los responsables.

Por ello, el primer trabajo de los Jueces Tzeltales y de los Principales fue de hablar por separado con las dos partes. Los desplazados les informaron que los responsables de los asesinatos habían huido y que ellos estaban pensando en establecer una nueva comunidad. Sin embargo, al hablar con los Melsanwanej y sus esposas, se dieron cuenta de que esto sería poco factible porque no tenían ni terreno, ni dinero. Por otro lado, lo que querían los priístas de la comunidad era el castigo de los responsables de los asesinatos. Los Melsanwanej les dijeron que era válida su demanda, pero que tenían que tramitarla a través del sistema judicial (para hacer la investigación, emitir ordenes de aprehensión, etc.). Además les hicieron ver que ellos también eran parte del problema al haber quemado las casas y robar algunos animales.

Desenlace

Al principio, había mucho resentimiento en contra de los desplazados por la muerte de los cuatro priístas. Muchas pláticas fueron necesarias para que disminuyeran las tensiones y para que todos aceptaran su responsabilidad. Al final, todos estuvieron de acuerdo en que el retorno de los desplazados era la mejor solución. Se acordó que la comunidad iba a apoyar la reconstrucción de las casas de los desplazados, pagar las láminas, y que la madera se sacaría del ejido.

El regreso se realizó hace poco más de un año. Hasta hoy, la investigación oficial sigue pendiente. Mientras tanto, los indígenas de la comunidad continúan con el proceso de reconciliación. Todavía el dolor está presente entre algunas personas y se puede sentir la tensión ya que es un proceso que requiere tiempo. Pero en este caso, las dos partes involucradas siguen dispuestas a respetarse, buscando espacios para convivir juntos.